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Los recientes sismos en Venezuela reavivaron una pregunta incómoda para Colombia: ¿qué ocurriría con el patrimonio de millones de familias si un evento similar golpeara el país? La respuesta, a la luz de las cifras del gremio asegurador, muestra que la mayoría de los núcleos familiares carece de seguro de hogar y de protección financiera frente a catástrofes naturales y siniestros cotidianos, pese a que buena parte del territorio presenta amenaza sísmica alta o media.
En paralelo, el mercado inmobiliario ha avanzado durante décadas en normas de construcción sismorresistente y licenciamiento formal de proyectos, pero ese progreso técnico contrasta con la baja cultura de aseguramiento que deja expuestas casas, apartamentos y locales. En un contexto donde la residencia propia suele ser el activo más valioso para los colombianos, la ausencia de pólizas específicas abre una brecha entre la seguridad física de las edificaciones y la estabilidad económica de quienes las habitan.
Coberturas que siguen siendo marginales
De acuerdo con datos recopilados por Fasecolda, a marzo de 2026 había alrededor de 1,667,044 hogares asegurados en Colombia, una cifra que, frente a los cerca de 17,9 millones de viviendas ocupadas proyectadas por el Dane para finales de 2025, deja un resultado contundente: apenas el 9,3% de las unidades habitacionales cuenta con seguro específico. Esto implica que cerca del 90,7% de las residencias permanece sin respaldo financiero ante eventos como terremotos, incendios o inundaciones, aun cuando el país está ubicado en una zona altamente sísmica.
Mediciones de mercado señalan, además, que la penetración voluntaria del seguro de hogar se mantiene por debajo del 15%, lo que ubica este producto entre los ramos con menor cobertura dentro del sistema asegurador colombiano, muy lejos de la meta que el gremio ha trazado para los próximos años. A pesar de que los seguros ligados a riesgos laborales, vida y automóviles concentran buena parte de las primas emitidas, la protección de inmuebles residenciales continúa rezagada frente a la importancia que tiene la casa propia en la construcción de patrimonio familiar.
Fasecolda insiste en que el seguro de hogar suele asociarse erróneamente solo con terremotos o incendios, cuando en realidad ofrece protección frente a una gama más amplia de riesgos, que incluye hurto, explosión, daños por agua, granizo, lluvias intensas y vientos fuertes. La diversidad de coberturas disponibles, sumada a la mayor competencia entre aseguradoras, ha permitido diseñar productos con precios más accesibles y esquemas de pago flexibles, pero ese avance aún no se traduce en una masificación de la protección patrimonial en el país.
Seguro de Hogar: El valor patrimonial en juego
Las casas que hoy cuentan con pólizas representan un valor asegurado cercano a 361 billones de pesos, de los cuales aproximadamente 82 billones corresponden solo a Bogotá, según cifras del gremio asegurador. Esta concentración evidencia que las grandes capitales han avanzado más en la adopción de seguros residenciales, mientras que amplias zonas del territorio permanecen con una cobertura mínima o inexistente.
Al cruzar estas cifras con la información de la Encuesta de Calidad de Vida del Dane para 2025, donde se reportan 18,9 millones de hogares y un déficit habitacional de 25,6%, se observa que la protección aseguradora se extiende sobre una fracción limitada de un parque residencial todavía marcado por carencias cuantitativas y cualitativas. Así, la discusión sobre seguros de hogar no solo remite a desastres de gran magnitud, sino también a la capacidad de las familias para enfrentar daños menores, robos o eventos climáticos extremos sin comprometer su estabilidad financiera.

Informalidad constructiva y riesgos estructurales
El reto de protección no se limita a la baja cultura de aseguramiento; también está condicionado por la forma en que se han levantado muchas edificaciones en el país. Según explicó la concejal de Bogotá y expresidente de Camacol, Sandra Forero, cerca del 60% de las viviendas se ha edificado de manera formal, cumpliendo estándares como la Norma Sismorresistente NSR-10 de 2010, que exige estudios de suelos, diseños estructurales y supervisión técnica en el proceso constructivo.
El verdadero foco de riesgo se concentra en el restante 40% del parque habitacional, desarrollado por autoconstrucción y sin verificación rigurosa del cumplimiento normativo, lo que incrementa la vulnerabilidad ante un eventual sismo de gran magnitud. Forero también desmintió la creencia de que la antigüedad de un edificio es sinónimo de mayor peligro, al recordar que Colombia aplicaba criterios antisísmicos antes de la NSR-10, por lo que múltiples construcciones de varias décadas mantienen niveles adecuados de seguridad; el mayor riesgo, subrayó, se origina en obras levantadas al margen de controles técnicos y urbanísticos.
A este panorama se suma la implementación gradual del seguro decenal, creado por la Ley 1796 de 2016, una póliza obligatoria que protege al comprador de vivienda nueva frente al riesgo de ruina o amenaza de ruina derivada de errores de diseño, fallas en materiales o deficiencias en la construcción durante los diez años siguientes a la entrega del inmueble. La medida aplica inicialmente en ciudades como Barranquilla, Bogotá, Cali, Cartagena y otras capitales, y se extiende progresivamente a más municipios, reforzando la cobertura estructural de proyectos formales, aunque no alcanza al universo de construcciones informales.
Seguro de hogar vs. pólizas asociadas al crédito hipotecario
Otro punto crítico en la discusión es la confusión frecuente entre el seguro vinculado a un crédito hipotecario y el seguro de hogar como producto independiente. Aunque ambos pueden compartir coberturas frente a incendio o terremoto, la póliza ligada al préstamo protege ante todo el inmueble que respalda la deuda y responde a exigencias de la entidad financiera, mientras que un seguro de hogar integral se diseña para resguardar el patrimonio del propietario y su contenido, con opciones de ampliar asistencias y coberturas adicionales.
En la práctica, muchos compradores asumen que contar con un crédito hipotecario implica estar completamente protegidos, lo que genera una falsa sensación de seguridad y limita la contratación voluntaria de coberturas complementarias. Esta percepción se agrava en un entorno de alta informalidad, donde numerosos inmuebles no cuentan con financiación bancaria y, por tanto, no están sujetos a seguros obligatorios, dejando a sus dueños sin ningún respaldo frente a daños estructurales o pérdidas materiales.

Un reto de política pública y decisión familiar
El gremio asegurador ha planteado en su hoja de ruta 2026-2030 la necesidad de vincular pólizas específicas a esquemas de crédito y a programas de vivienda de interés social, además de impulsar mecanismos de transferencia de riesgos catastróficos entre el Estado y el sector privado. La penetración total del seguro en la economía colombiana se ubica en torno al 3,29% del PIB, frente a un promedio OCDE cercano al 6,2%, según reportes recientes de la industria, lo que evidencia una brecha significativa en materia de protección financiera.
Para los propietarios y compradores de proyectos residenciales, el mensaje es claro: contar con una póliza no evita la ocurrencia de un desastre natural, pero sí puede marcar la diferencia entre perder por completo el patrimonio familiar y disponer de recursos para reconstruirlo. En un país donde la casa propia representa el principal activo de buena parte de los hogares, evaluar coberturas frente a terremoto, incendio, inundación y hurto se perfila como una decisión tan relevante como elegir el crédito, el plazo del financiamiento o la ubicación del inmueble.
oportunidades para el mercado residencial
De cara a los próximos años, cerrar esta brecha dependerá tanto de políticas públicas que masifiquen el acceso a seguros asequibles como de un cambio cultural en las familias, que hasta ahora han priorizado otros gastos por encima de la protección patrimonial. La articulación entre aseguradoras, entidades financieras, firmas constructoras y autoridades de vivienda permitirá avanzar en soluciones integrales, que combinen edificaciones seguras, instrumentos de protección claros y educación financiera orientada a entender el seguro de hogar como parte esencial de la estrategia de cuidado del patrimonio.
En términos de oportunidades, el fortalecimiento del mercado de seguros residenciales abre espacio para innovaciones como pólizas paramétricas frente a fenómenos climáticos, coberturas específicas para segmentos de bajos ingresos y productos ajustados a realidades regionales, donde la exposición a inundaciones, deslizamientos o vientos fuertes varía significativamente. Para los lectores interesados en Bienes Raíces y proyectos de vivienda, la recomendación es incorporar la revisión de coberturas, deducibles y asistencias de los seguros de hogar dentro del proceso de decisión de compra o arriendo, y no como un trámite accesorio que se deja para después.